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Opinión -
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Aportado por ComitesPatrioticos.com
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Lunes, 21 Abril 2008 00:19 |
Paúl E. Benavides Vilchez
Esa era la consigna de Otto Pérez Molina, el segundo candidato más votado en las elecciones guatemaltecas. Mano dura contra la delincuencia, la criminalidad, el secuestro exprés y los ajusticiamientos por drogas que ocurren en la capital de Guatemala. Otto Pérez Molina conoce bien estos métodos y cree en ellos. Es coronel retirado del ejército y fue mano derecha de Ríos Montt en la época más caliente de la dictadura militar...
El presidente de El Salvador, Antonio Saca, que le gusta vestirse de mariachi con la pistola al cinto y cantar rancheras, tuvo como consigna electoral la mano dura contra las maras - resaca de la guerra civil salvadoreña - que nadie sabe por qué razón, no ha reconocido el fracaso de su cruzada represiva.
La mano dura para el ex candidato Pérez Molina y para el presidente Saca, es más importante que la segregación étnica de los indígenas guatemaltecos, que el bajo número de calorías que consumen sus niños, como le ha dicho a Guatemala la Organización Mundial de la Salud. O que la pobreza con “altos índices de crecimiento económico” de la sociedad salvadoreña, lo que demuestra la enorme desigualdad social que tiene atrapado a este país y que la proclama de mano dura disfraza cándidamente.
La diferencia entre un país como Guatemala y Costa Rica, ha estado siempre - parece que cada vez menos - en el combate a las causas que están en los bajos fondos de la delincuencia y la criminalidad, es decir, en la lucha contra la miseria y la pobreza extrema. Siempre ha sido más fácil para los gobernantes centroamericanos dirigir la política social con las charreteras puestas, con esa mano militar criolla bastante salvaje, que tuvo predilección por los campesinos, los indígenas, las mujeres y los niños. Acabar con la pobreza para ellos, era acabar con los pobres.
En el clima de delincuencia e inseguridad que vive Costa Rica, nada hay más tentador que invocar el palo, la guillotina y el cepo. Se oyen algunas voces que en la derrota del Estado frente al hampa, se dejan seducir por la teoría de la mano dura, que es el complemento ideológico del modelo neoliberal en materia de combate a la criminalidad.
La encuesta que señala que el costarricense está de acuerdo con el linchamiento y la pena de muerte, calienta los ánimos para encontrar en la solución represiva, la forma más seductora de acabar con los maleantes nacionales o extranjeros. Pero esta salida abre compuertas peligrosas, que a fin de cuentas no resuelven el problema de fondo. El Salvador y Guatemala son los ejemplos de un fracaso estrepitoso de la política represiva y el retorno de las fuerzas más oscuras y fascistas, que aún están a flor de piel en la epidermis de la clase política de esos dos países.
 Es cierto que la sociedad esta indefensa. Los disparates en materia de seguridad ciudadana han estado a la orden del día y van desde desarmar a caperucita, es decir, al ciudadano costarricense, que equivocado o no, busca la forma de defenderse de los criminales. Y por otra parte, deja impune al lobo feroz, a las mafias delincuenciales que han tejido una red silenciosa, pero asesina, de sicarios y de droga, que nunca van a deponer sus armas.
Aceptar el fracaso del pacto político en el que los ciudadanos costarricenses le entregamos una cuota de nuestro poder al Estado, para obtener como dividendo, la seguridad de nuestras familias, no es razón para no creer más en el pacto social, que aunque deteriorado necesita revitalizarse. Exigir al Estado su responsabilidad moral incluye la protesta, el reclamo, la desobediencia civil como lo entendieron Martin Luther King y Rosa Parks: los derechos ciudadanos puestos en la Constitución Política son para cumplirlos.
Y exigir, protestar y desobedecer tiene sentido en un país democrático, si se hace para evitar que este ceda a la tentación totalitaria y a sus métodos predilectos: el silenciamiento, el guillotinazo, el estado metiendo la mano como un sicario más. La vía rápida de quien tiene el poder para golpear la mesa, frente a los métodos democráticos que deben ser deliberativos, y por eso más lentos y complejos.
Si el tema de debate más importante de un país es la criminalidad, el linchamiento, la pena de muerte, el incremento de la represión, es una muestra palpable de que se está a las puertas de su derrota como sociedad. Un país que se dice democrático, debería estar atacando las causas que están en la base de la delincuencia: la desigualdad social, la miseria, el desempleo y la distribución equitativa de la riqueza.
Pero en el caso costarricense, una más: la corrupción política que lucró y permitió el ingreso de toda clase de mafias. De esa nadie habla.
Paúl E. Benavides Vilchez | 20 de Abril 2008 Fuente: Tribuna Democrática
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Ultima actualización ( Martes, 22 Abril 2008 12:34 )
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