Elena Villalobos. Llovía a cantaros, el embotellamiento, como siempre, espantoso. Finalmente llegué al Teatro Nacional a celebrar los 15 años de la Defensoría de los Habitantes, decenas de oficiales de tránsito, policías custodiaban las instalaciones, prohibido parquear a 200 metros alrededor del Teatro, sin duda alguien de importancia estaba invitado a la fiesta y definitivamente tal despliegue no era por los simples mortales que ahí estábamos.
Inicia el acto y se nos pide ponernos de pie para saludar "al señor presidente" que ingresa, (cualquier semejanza con el libro de Miguel Ángel Asturias no es coincidencia) muchos deseábamos gritar consignas, cuando menos, pero por no hacerle un desaire a doña Lisbeth callamos. Lo curioso es que a pesar de que habían muchos esbirros del dictador, nadie se atrevió a esgrimir un aplauso. Entró sin pena ni gloria.
Inicia el programa, suben al escenario doña Lisbeth y don Daniel Soley, se proyecta un video de la lucha milenaria de la humanidad por la conquista de derechos, relatado en algunas secciones por ambos Defensores. Se pasa por la edad antigua, la media, la moderna y la contemporánea, hasta llegar a los años 30´ y 40´ en Costa Rica, surge la figura de un Manuel Mora, monseñor Sanabria, Calderón Guardia, Pepe Figueres, en fin, las garantías sociales.
En un contexto internacional, en los años 60, 70 y 80, surge esplendorosa la figura de Martin Luther King, Salvador Allende que en el seno de las Naciones Unidas alertaba sobre el poder desmesurado de las transnacionales y su capitalismo salvaje, la lucha incansable de Óscar Arnulfo Romero, contra las oligarquías y los gobiernos dictatoriales que tenían sumido a El Salvador en la peor de las pobrezas.
Se pasa a la lucha de los últimos años en el país, y se proyectan imágenes de la lucha patriótica en contra del TLC, de las megamarchas, fotos de los sindicatos, de la gente de a pie, del referendo, de doña Lisbeth opinando en prensa escrita sobre un TLC sin alma, en fin del despertar de un pueblo, aquello era simple y sencillamente maravilloso, y lo mejor fue ver al dictador de cuarta que usurpa la silla presidencial, encogerse en su asiento, en primera fila, como deseando que la tierra se lo tragara.
Acto seguido, habla él, no pudo, por más que intentó, evitar insultar e intimidar, se dejo decir que la rivalidad entre una institución como la Defensoría y el gobierno de la República es "una pobre concepción de su función", aunque en honor a la verdad, dijo que aquí no era el caso, ¿A que país se refería? ¿a Neverland?
Hizo énfasis en que no se debe de caer en la miopía, el extremismo y la rivalidad, pero que al final de cuentas la Defensoría y él tienen los mismos objetivos ¿?, Pobre, cada vez que lo oigo me da más lástima de que un ser humano se haya convertido en lo que hoy es Oscar Arias.
Y como canción de cumpleaños, la cuarta parte de la sinfonía nº 9 de Beethoven, aquello era como un nirvana.
Para cerrar con broche de oro, algunos esperabamos a doña Lisbeth y don Daniel para entregarle unos ramos de flores, lo cual fue idea de Flora Fernández, y en ese momento venía saliendo el dictador, el muy ingenuo creyó que eran para él, y se dejó venir hasta donde estábamos, claro que al ver nuestros rostros comprendió que definitivamente NO eran para él, ¡Merece cualquier otra cosa menos flores!
Gracias Defensoría por tan bella fiesta de cumpleaños, comí una tajada de queque que hace tiempo no saboreaba tanto y estoy segura que ese mismo queque le provocó al dictador una agrura y malestar como pocas ha tenido en su vida. |