Paúl E. Benavides Vilchez. Estamos próximos a enfrentar una enorme tormenta publicitaria, el maelstrom -dirían los noruegos- electoral que barrerá con las dudas, el escepticismo popular, la abulia, pero especialmente con el cansancio, creemos que existencial, físico, político y presidencial de un gobierno que ha apurado con exceso el festín electoral. Entonces se pondrá en marcha el circuito millonario de encuestadoras-medios de comunicación y política plutocrática, es decir oligárquica, palabra perversa para los puristas del lenguaje neutro, que tratará de aliviar la pérdida de legitimidad democrática profundizada por el referéndum, con una catarata de millones de colones por la vía del simulacro, de la publicidad, de las encuestas y los estudios de opinión.
La imagen, la imagen, otra vez la imagen, la búsqueda obsesiva para saber quién será el próximo presidente de la República. Argucia virtual que solo sirve para entretener la frustración por un rato, con la idea de sellar la herida abierta de una sociedad que perdió su capacidad de confrontarse sin herirse de muerte. Y frente a ello: ¿qué dijo y qué hizo el TSE? Muy poco. No pudo ponerle coto al flujo de dinero, manipulación mediática e intromisión extranjera durante el referéndum a favor del sí. Porque la experiencia del referéndum quedó ahí, detenida, cuando el órgano electoral debió estimular, promover, crear el ambiente - aunque no le toca - para una reforma política de verdad que incluyera por supuesto el tema electoral, con todas - pero todas - las fuerzas políticas del país. Pero se optó por el silencio, prevaleció el afán de sus funcionarios por esquivar la controversia, presos de ese miedo muy costarricense que tapa el ojo de la discordia como si con eso se borraran las debilidades de una elección absolutamente desigual, para todos los que estuvimos ahí.
Y por su parte: ¿realizó el TSE un ejercicio de autocrítica serio, que le diera una idea aproximada de su credibilidad entre los costarricenses, o creyó salir completamente ileso de un proceso, en el que fue objeto de la crítica de una parte de la ciudadanía costarricense? No hizo el ejercicio y creyó salir sin ningún rasguño. Optó por guardar la imagen, mantener la compostura “democrática” pese a que eso significara ocultar una realidad política dramática pero real. Lo que no se enfrentó en su momento, no tardará en manifestarse con mayor complicación.
A las puertas de la fanfarria electoral, los medios de comunicación junto al escuadrón de gurús nativos y extranjeros contratados, expertos en esculcar las emociones de la gente, se partirán la nuez para saber en qué esquina perdida del hemisferio derecho del cerebro, estará la conexión nerviosa que guarde el secreto de las apetencias electorales, el valioso secreto por el que el costarricense medio votaría si las elecciones fueran hoy. Todo el empeño de la alianza medios-empresas encuestadoras estará en saber qué piensa, qué come, cómo consume y cómo se endeuda eso que ahora llaman el nuevo tico, el nuevo costarricense, que andan buscando desesperadamente las empresas de mercadeo para luego desecharlo como la Barbie vieja o los patines sin ruedas. La democracia vista así, es un negocio al que no se puede renunciar.
Somos cada vez más la réplica de la campaña política de los Estados Unidos y para mal. El dilema electoral entre los republicanos y demócratas que en apariencia es la confrontación entre una vieja, caduca, guerrerista y filibustera forma de hacer política, representada por los neocons y por otra parte, el aparente refrescamiento de Obama, arrastra consigo todos los vicios de los que se alimenta la industria del espectáculo político usamericano; el escarnio y la destrucción de la vida privada para luego reducirla a escombros si lo amerita el negocio. Muy pronto comenzarán a hacerse públicos.
La herida abierta que dejó el referéndum en la sociedad costarricense melló la capacidad de entendimiento entre los ciudadanos. Su huella seguirá pesando como un elefante. Vendrá el despilfarro en imagen, el exceso grandilocuente de figuras, figurones y figurillas para tratar de remediar y sustituir lo que solo debió llenar la capacidad de las fuerzas políticas para lograr un acuerdo. Se deterioró con ello algo tan delicado como la capacidad de confiar, pactar pero en esencia de tolerar. El creer que un país se salva por las virtudes casi heroicas de un sola persona, de un capitán que capitula, como nos lo hicieron creer en la campaña política pasada, es una retórica equivocada e irrespetuosa que glorifica al político, ninguneando a los movimientos, a los grupos sociales y a los individuos no organizados que son los le dan contenido real a la política.
La democracia agonística que plantea la filósofa belga Chantal Mouffe, es un ideal de confrontación política en el que se pasa de la lucha entre enemigos a una lucha entre adversarios. Es decir, una confrontación civilizada entre oponentes que mantienen puntos de vista distintos cuya discrepancia no sea motivo de muerte, crimen o represión. Lamentablemente estamos cada vez más lejos de esta democracia agonística, que incorpore la confrontación intensa y apasionada de las ideas como algo necesario y normal. Los acuerdos, directrices y resoluciones tomados por el TSE en materia electoral al calor del referéndum, no tienen la legitimidad suficiente para regular lo que se avecina, el proceso electoral 2010.
Fuente: Tribuna Democrática http://www.tribunademocratica.com/ Paúl E. Benavides Vilchez | 27 de Septiembre 2008
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