Alfonso Chase. Un artículo mío de hace unas semanas proponía la creación de un partido político “Nuevo Tipo”. Es decir: una nueva agrupación de ideas, no de ideologías, la cual se sustente en una invitación al estudio del entorno social de este momento, y la necesidad de dar propuestas que ayuden a la transformación del país, a partir de una plataforma que tome como eje esencial la necesidad insoslayable de una alternativa de izquierda, por supuesto, democrática y popular que recoja los planteamientos que se definieron durante la discusión del Acuerdo de Libre Comercio (ACLC), que vino a transformar la historia y el panorama social del país, en su ingreso a una mundialización subordinada a los intereses de las grandes compañías transnacionales.
En el juego de las múltiples morales discursivas, la mayoría de los costarricenses están convencidos de que hasta la fecha los partidos políticos costarricenses se enmarcan, para su propia existencia, en reproducir, de esta o aquella manera, el sistema social que les da origen, existencia y financiamiento.
No es que el Primer Mandatario luzca, o esté cansado, de que nada le salga bien, o mejor dicho: como él quería, sino que dentro del marco de esa mayoría legislativa que tiene le es imposible tomar rumbo para otra cosa que no sea, haya sido o fuere, la aprobación de una transformación del Modelo de Estado Social de Derecho a la incorporación de un imperio financiero que quiere disfrutar de lo que ya hemos construido, pero que ya pareciera estar en agotamiento.
En dos platos: toda Costa Rica necesita una transformación y no solo la política de los parches, la focalización o el uso del clientelismo para construir un apoyo político basado en frágiles ofrecimientos, que casi siempre resultan estafas electorales.
Los más de cuarenta partidos zancudos, turecas o en subasta, solo esperan recoger algo de la deuda política, colocar a algunos de sus miembros en diputaciones, cosa que casi nunca logran pues no alcanzan ni siquiera niveles de subsistencia real.
Ninguna persona sensata, de entre quienes luchamos por el No, aspira a servir de escalera para que los oportunistas se monten sobre nuestros hombros, o reproduzcan un clima de ilusiones como el logrado en 2007, con trabajo, dinero, movilización, aportes de ideas que se quedaron del lado de los tarimeros de último momento, que no supieron entender lo que estaba ocurriendo.
El sistema político costarricense parece haber sido diseñado para que existan dos partidos mayoritarios, oficialismo y oposición, que se reparten el país desde 1948 y la lucha, siempre activa, de darle forma a un tercer partido, que nunca se concreta, pues vendría a desestabilizar al real sistema. Los otros lucen irrelevantes cuando no sea en sus curules, los vaivenes de las negociaciones dispares, a excepción de lo que significa el Partido Frente Amplio, que parece estar a la izquierda de todos, solitario en medio de todo esto, activo en sus propuestas concretas. Pero no ha logrado, todavía, darle forma a un grupo social como sucede, por ejemplo, con la Izquierda, en Alemania, que poco a poco se ha ido construyendo en un partido de masas, con una fracción legislativa combatiente y definida.
La ideología en el poder trasciende los contenidos socialdemócratas del antiguo Partido Liberación Nacional y ha transformado la meritocracia en mediocracia y uno tiene la idea, casi clara, de que quien gobierna, en verdad, no es el Primer Mandatario sino su “Primer Ministro”, que es el que da la cara, no parece cansado, pero sí alterado algunas veces por las preguntas de los periodistas o de los militantes de la calle, que por ahora son la única voz disonante en el coro ampuloso del hacer política en nuestro país.
El panorama es más claro de lo que se presume. La gente, los sectores populares, por primera vez en nuestra historia parecen haber adquirido un sentido de poder que se manifiesta en la democracia de la calle, la única que pareciera ser efectiva cuando se han cerrado todos los portillos y solo queda marchar, dialogar, discutir, aunque las voces se presentan, al gran público, casi en sordina. Esta gente quiere un auténtico partido que recoja sus propuestas, su acción comunal, su trascendencia como ciudadanos, el debe y haber de su propia significación, como elementos consustanciales en su carácter de ciudadanos y, por supuesto, quieren que sus líderes, los hay, puedan expresar lo que sienten y viven en el plano político, sea en el gobierno o en la oposición, a partir, por supuesto, del golpe de estado jurídico que significó la reelección, que ha terminado siendo, en lugar de un aleluya un oscuro réquiem, no porque no lo dejen gobernar, pero si administrar, sino simplemente porque todo obedece al sentido de que se hace por inercia, por incompetencia, por las mentirotas, las mentiras y las mentirillas o los memorandos secretos, que parecen ser la base de todo lo que se hace.
Nadie puede seguir viviendo, o haciendo política, dentro de la burbuja de la ensoñación, pintada como falso mural, y no la realidad de un país que dejó de ser hace años el paisaje idílico de la casita de adobes, el Paseo Colón como un gran bulevar o del discurso político inmerso en el tono quejumbroso de haber perdido una gran oportunidad para poner el país en el centro de sus aspiraciones más frívolas.
La filosofía política que nos rige, no nos dirige, ha salido fuera de sí para buscar al sujeto que hace la historia. Nos lo muestran las encuestas, y el horrible presagio de que la abstención puede llegar al 45% en 2010, dado el bajo perfil de los candidatos, todos entre el 11 y el 14% por ciento en su techo de arranque, lo cual significa algo ridículo y desestimulante. Cualquier candidato que ansíe lanzarse sabe que tiene que hacer concesiones, pactos, acuerdos, negociaciones si quieren ganar, pues solo no puede llegar ni al 35% de los votos, cuando más, en la elección final.
Pero éste vez lo anterior no puede hacerse a partir de sus condiciones, sino de las nuestras, me incluyo junto con las personas que votamos al No. Si esto no se percibe así, cualquier candidatura, ya establecida, está condenada al fracaso, por no sustentarse sobre la base de la solidez de un 30% de aquellos ciudadanos que siguen esperando un cambio, hacia la izquierda, y no el inmovilismo, al acuerdo sobre y bajo la mesa, en un sistema cuya validez jurídica está en el aire.
Para mejor entender estos asuntos, solicito, en dos platos, leer las propuestas, muy bien escritas y planteadas, del Lic. don Luis Paulino Vargas Solís: “Costa Rica hoy: una sociedad en crisis” y “Soñar con los pies en la tierra” (2007). Ambos libros, breves y concisos, resumen todo lo que se puede hablar sobre este tema.
Fuente: La Prensa Libre Alfonso Chase | 22 de Septiembre 2008 |