Alfonso Chase. De Sardinal se ha escrito poco, en verdad, sobre la historia de este pueblo, antes, ahora y más luego, en ese futuro que se ha ganado en los mapas históricos de la actualidad. Ha producido educadores reconocidos, artistas, uno o dos escritores, estudiantes distinguidos, empresarios preocupados por su labor, y la proyección social de lo que hacen en beneficio del pueblo, dentro de la nueva visión de lo que debe hacerse para defender los recursos naturales y la soberanÃa popular sobre aquello que les pertenece en la vida comunitaria.
Lo que empezó como un asunto pequeño, sobre la perforación de pozos para llevar el agua a proyectos turÃsticos, se ha convertido en la primera discusión pública sobre el valor del agua como patrimonio de la comunidad y la necesidad de que los vecinos participen, tomen acuerdos y establezcan vigilancia sobre lo que se ha denominado saqueo y pillaje, por parte de las empresas desarrolladoras y la carencia de estudios previos para tomar decisiones que involucren el futuro de las comunidades, en relación con las reservas subterráneas.
Es evidente que quienes apoyan a las empresas desarrolladoras, 22 en total, en la esfera pública y privada, persisten en vivir adentro de una burbuja, en donde privan la arbitrariedad, la mentira organizada, el hacer las cosas por hacerlas, en compromisos que no tienen el visto bueno de las comunidades. LÃquido sagrado ha sido llamado el agua por parte de sus defensores sardinaleños, y en verdad cumplen un precepto bÃblico al defender las fuentes de su subsistencia y no dan culto al futuro tanque almacenador, ¡hay que verlo!, erguido como si fuera el nuevo Becerro de Oro al cual se le da culto, por parte de aquellos que quieren lograr un falso desarrollo, basado en el despilfarro y la apropiación de tierras nacionales para convertirlas en residenciales de lujo.
Las declaraciones del Primer Ministro, en su papel de fonomÃmico gubernamental, diciendo que la extrema izquierda está detrás del acueducto de Sardinal, además de ser un despropósito semántico, es una mentira organizada para amendrentar a los ciudadanos, como se ha venido haciendo, cuando estos se oponen a los actos que hace el Gobierno, algunos de ellos solo fantasÃas metafÃsicas en su afán de ponerle un esparadrapo a la boca del pueblo, cuando este se dispone a tomar determinaciones que involucran a las comunidades.
De allà que parezca que la extrema izquierda es más grande de lo que se pensaba, si tener opiniones diferentes al pensamiento único, y oficial, se trata. Los Comités Patrióticos tienen, en su seno, a representantes de diferentes grupos polÃticos y no son clubes sociales, ni solo aquello de lo que antes se decÃa: "las fuerzas vivas de las comunidades", para referirse, hace unos años, a los manipulados ciudadanos puestos a desfilar, estirar la mano o recibir bonos y regalÃas, que todos pagamos con nuestros impuestos.
Sardinal es un ejemplo a seguir en casi todos los pueblos, cantones y distritos del paÃs y los representantes de los Comités Patrióticos, en su poliforme composición, son los más recios representantes de la consciencia lúcida de la nación, convertidos en centros de análisis de la realidad nacional, espacios de discusión de ideas y solidarios de las diferentes acciones que se hagan para defender la soberanÃa, la ecologÃa, la biodiversidad o los problemas de nuestro barrio en la atención a los ancianos, los problemas de los niños y jóvenes, la basura, el robo de cable o la permanencia de mafias que asaltan y atacan a personas decentes. La lucha por el agua, en su uso comunitario, es un problema polÃtico porque muestra que ya se han gastado las aguas superficiales y ahora se trata de usar, sin permiso comunitario, las aguas subterráneas. No es conflicto solo institucional.
En Sardinal hemos visto a estudiantes, trabajadores, amas de casa, profesores y maestros, campesinos, dirigentes vecinales, jóvenes y niños defendiendo lo que les pertenece y con orgullo, también, a miembros de los Comités Patrióticos con pleno derecho a mostrar su solidaridad.
Las declaraciones de los funcionarios gubernamentales, de tan desteñidas, parecen salidas de los propósitos y mandatos de los famosos documentos de San Fe (1980), cuando dio comienzo al proceso de imponernos los famosos PAE que entregaban a la empresa privada todos los recursos del paÃs, incluyendo los hÃdricos, para un disfrute en donde se divierten los glamorosos extranjeros y los de abajo recogen las migajas por servirles.
Sardinal debe tener sus conexiones para obtener la mejor agua del paÃs, porque sus vecinos se han ganado, no un privilegio, sino un derecho tan natural como la vida misma. La lección de esta comunidad se puede ver en que las cosas se logran cuando se denuncian las corruptelas, las mentiras convertidas en espejismo, el lenguaje falso de los funcionarios, adobando a su antojo lo que realmente sucede y el valor de las instituciones, como la DefensorÃa de los Habitantes, la cual todavÃa conserva su independencia y solidaridad con los vecinos.
La vieja polÃtica de la descalificación ideológica no vale, simplemente porque la idea que la cobijaba no existe, aunque las injusticias, el capitalismo voraz y arrasante sigue existiendo. Asà como el uso del lenguaje único para atacar; una consecuencia, en este caso, de la ávida especulación inmobiliaria, que es el verdadero problema de Guanacaste, y el espÃritu de lucro puesto sobre todos los valores humanos. Si los vecinos de Sardinal no se hubieran organizado, luchado y defendido sus cuencas acuÃferas, nada habrÃa ocurrido y el agua estarÃa ya almacenándose para llenar el famoso megatanque y nunca se habrÃan mejorado las lÃneas de distribución, impulsión y conducción del agua hacia el pueblo, en el futuro.
Los que todavÃa somos de izquierda, democrática es posible, no estamos detrás del acueducto de Sardinal, sino delante de todas las luchas sociales. Asà que prepárense, los de arriba y los de abajo, porque la consigna del futuro podrÃa ser: crear uno, dos, tres, cuatro, cinco Sardinales, para asustar a los dueños del paÃs, pero nunca a los que conservan la voz auténtica del pueblo.
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Ana MarÃa